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MUNDO:La sequía da frutos en la región del Semiárido brasileño


Campos verdes irrigados de viñedos y otros monocultivos, conviven en la ecorregión del Semiárido, en el nordeste de Brasil, con secas planicies salpicadas de cactus floridos y cultivos nativos campesinos. Dos modelos de desarrollo en pugna, con frutos muy diferentes.

En las 17 hectáreas de la finca de João Afonso Almeida, en Canudos, en el estado de Bahia, maduran hortalizas, sorgo, maracuyá (Passiflora edulis), palma, cítricos y plantas forrajeras.
Entre los surcos, crecen plantas cactáceas  para alimentar a sus cabras y ovejas, como guandú, sandía forrajera, leucaena y mandacurú (Cereus jamacaru).
La tierra es seca y polvorienta en la Caatinga, un bioma exclusivo del  Semiárido, donde las sequías pueden prolongarse por años, alternadas con períodos de precipitaciones anuales de 200 a 800 milímetros, junto con altos índices de evaporación.
Pero gracias a simples técnicas de almacenamiento de agua cuando llueve, Almeida consiguió a convivir armoniosamente con su tierra natal.
“Esto es una captación de agua ‘calçadão’(terraplén)”, contó a IPS mostrando una cisterna instalada con ayuda del Instituto Regional de la Pequeña Agropecuaria Apropiada (IRPAA) que forma parte del movimiento de la Articulación con el Semiárido (ASA), junto a otras 3.000 organizaciones sociales.
“El agua llega aquí, va para la cisterna-calçadão que tiene capacidad para almacenar 52.000 litros. La usamos para regar la huerta. Es una renta para las familias”, agregó.
Para consumo propio tiene una cisterna de 16.000 litros que recibe agua de lluvia en el techo de su casa a través de canaletas y tuberías.
ASA  instaló en el Semiárido un millón de cisternas para consumo familiar y 250.000 para pequeñas instalaciones agropecuarias.
Almeida usa otra cisterna “enxurrada”, de torrente, y un sistema de riego para sus cítricos, que por una estrecha tubería moja las raíces sin desperdiciar agua. Además opta por las plantas de la Caatinga que se adaptan naturalmente a sus condiciones climáticas y del suelo.
“Mejoró mucho la producción, trabajamos menos y hay mejores resultados. Además conservamos la Caatinga. Yo creí en esto porque mucha gente no cree, y gracias a Dios ya van tres años de sequía y dormimos tranquilos”, celebró.
Antes, las sequías mataban. Entre 1979 y 1983 hubo una que causó hasta un millón de muertos, y se produjeron éxodos masivos a las grandes ciudades por sed y por hambre.
“El rancho (granja) quedaba lejos del agua. Había que recorrer dos o tres kilómetros, salir temprano con baldes”, recordó.
Las sequías no terminaron pero ya no producen muertes entre los campesinos del Semiárido, donde viven más de 23 millones de los 208 millones de habitantes de Brasil.
Fue gracias a la estrategia de “convivencia con el Semiárido”, impulsada por ASA, en contraposición a las históricas políticas de la “industria de la sequía”, que explotaron esa tragedia, cobrando precios altos por el recurso o canjeando votos, distribuyendo agua en camiones cisterna.
“La convivencia con el Semiárido es algo completamente natural que en verdad todos los pueblos del mundo tuvieron en relación a sus climas. Los esquimales conviven con el clima ártico helado, los tuareg (nómadas del Sahara) conviven con el clima desértico”, destacó a IPS el presidente de IRPAA, Harold Schistek, en sus oficinas en la ciudad bahiana de Juazeiro.
“Lo que hicimos nada más fue una lectura de la naturaleza. Observar como las plantas pueden pasarse ocho meses sin lluvia sin morir, como los animales se adaptan a eso. Ahí  concluimos como  debe comportarse el ser humano. No es nada de tecnología, ni de libro. Es simplemente una observación de la naturaleza aplicada a la acción humana”, detalló.
La “convivencia” se basa en el respeto al ecosistema y el rescate de prácticas agrícolas tradicionales.
El principio es almacenar para prepararse para la  sequía. Desde agua a  semillas criollas, y forraje para cabras y ovejas, las especies más resistentes.
Los frutos se ven en la Cooperativa Agropecuaria Familiar de Canudos y  Curaçá (Coopercuc), que integran unas 250 familias de esos municipios bahianos.
Coopercuc, que integra Almeida, tiene una planta industrial en Uauá, donde elaboran jaleas y dulces con frutos de la Caaatinga como umbú  y maracuyá, con pulpas procesadas en minifábricas de los cooperativistas.
“No nos preocupamos solo por el lucro financiero sino también por el uso sustentable de  la materia prima de la Caatinga. Antes, por ejemplo, la cosecha del ombú (Phytolacca dioica) se hacía de una forma muy perjudicial. Se balanceaba el árbol y caían los frutos”, contó a IPS el vicepresidente de Coopercuc,  José Edimilson Alves.
Sin embargo, explicó, “ahora orientamos a nuestros socios a que hagan la colecta a mano, y a que eviten romper las ramas. Tampoco permitimos que se saque madera nativa o de una planta viva”.
“La convivencia con el Semiárido es algo completamente natural que en verdad todos los pueblos del mundo tuvieron en relación a sus climas. Los esquimales conviven con el clima ártico helado, los tuareg (nómadas del Sahara) conviven con el clima desértico”, destacó a IPS el presidente de IRPAA, Harold Schistek, en sus oficinas en la ciudad bahiana de Juazeiro.
“Lo que hicimos nada más fue una lectura de la naturaleza. Observar como las plantas pueden pasarse ocho meses sin lluvia sin morir, como los animales se adaptan a eso. Ahí  concluimos como  debe comportarse el ser humano. No es nada de tecnología, ni de libro. Es simplemente una observación de la naturaleza aplicada a la acción humana”, detalló.
La “convivencia” se basa en el respeto al ecosistema y el rescate de prácticas agrícolas tradicionales.
El principio es almacenar para prepararse para la  sequía. Desde agua a  semillas criollas, y forraje para cabras y ovejas, las especies más resistentes.
Los frutos se ven en la Cooperativa Agropecuaria Familiar de Canudos y  Curaçá (Coopercuc), que integran unas 250 familias de esos municipios bahianos.
Coopercuc, que integra Almeida, tiene una planta industrial en Uauá, donde elaboran jaleas y dulces con frutos de la Caaatinga como umbú  y maracuyá, con pulpas procesadas en minifábricas de los cooperativistas.
“No nos preocupamos solo por el lucro financiero sino también por el uso sustentable de  la materia prima de la Caatinga. Antes, por ejemplo, la cosecha del ombú (Phytolacca dioica) se hacía de una forma muy perjudicial. Se balanceaba el árbol y caían los frutos”, contó a IPS el vicepresidente de Coopercuc,  José Edimilson Alves.
Sin embargo, explicó, “ahora orientamos a nuestros socios a que hagan la colecta a mano, y a que eviten romper las ramas. Tampoco permitimos que se saque madera nativa o de una planta viva”.
“La convivencia con el Semiárido es algo completamente natural que en verdad todos los pueblos del mundo tuvieron en relación a sus climas. Los esquimales conviven con el clima ártico helado, los tuareg (nómadas del Sahara) conviven con el clima desértico”, destacó a IPS el presidente de IRPAA, Harold Schistek, en sus oficinas en la ciudad bahiana de Juazeiro.
“Lo que hicimos nada más fue una lectura de la naturaleza. Observar como las plantas pueden pasarse ocho meses sin lluvia sin morir, como los animales se adaptan a eso. Ahí  concluimos como  debe comportarse el ser humano. No es nada de tecnología, ni de libro. Es simplemente una observación de la naturaleza aplicada a la acción humana”, detalló.
La “convivencia” se basa en el respeto al ecosistema y el rescate de prácticas agrícolas tradicionales.
El principio es almacenar para prepararse para la  sequía. Desde agua a  semillas criollas, y forraje para cabras y ovejas, las especies más resistentes.
Los frutos se ven en la Cooperativa Agropecuaria Familiar de Canudos y  Curaçá (Coopercuc), que integran unas 250 familias de esos municipios bahianos.
Coopercuc, que integra Almeida, tiene una planta industrial en Uauá, donde elaboran jaleas y dulces con frutos de la Caaatinga como umbú  y maracuyá, con pulpas procesadas en minifábricas de los cooperativistas.
“No nos preocupamos solo por el lucro financiero sino también por el uso sustentable de  la materia prima de la Caatinga. Antes, por ejemplo, la cosecha del ombú (Phytolacca dioica) se hacía de una forma muy perjudicial. Se balanceaba el árbol y caían los frutos”, contó a IPS el vicepresidente de Coopercuc,  José Edimilson Alves.
Sin embargo, explicó, “ahora orientamos a nuestros socios a que hagan la colecta a mano, y a que eviten romper las ramas. Tampoco permitimos que se saque madera nativa o de una planta viva”.
La cooperativa vende sus productos sin agroquímicos a grandes ciudades brasileñas y ha exportado a Francia y Austria.
“Esta propuesta demuestra que es posible vivir, y vivir con calidad en el Semiárido”, resaltó Alves.
Esa realidad coexiste en el Polo de Fruticultura del valle del río São Francisco, ubicado entre los municipios de Petrolina (estado de Pernambuco) y Juazeiro.
Son 200.000 hectáreas  bañadas con aguas de ese río. Incentivos gubernamentales y técnicas de irrigación favorecieron la instalación de la gran agroindustria.
Según la estatal Compañía de Desarrollo de los Valles de São Francisco y de Parnaíba, el polo genera negocios por más de 800 millones de dólares anuales, y unos 100.000 empleos.
“Se estima que este uso de la irrigación representa 80 por ciento de todos los usos de la cuenca. Pero tenemos que considerar que la captación de agua para estos proyectos promueve el desarrollo económico y social de nuestra región generando empleo y  divisas, a través de la exportación de frutas naurales y en conserva para Europa y Estados Unidos”, explicó su gerente Joselito Menezes.
La compañía Especial Fruit, que tiene unas 3.000 hectáreas en el valle y 2.200 trabajadores, produce miles de toneladas anuales de uva y mango que exportan mayoritariamente a Estados Unidos, Argentina y Chile, junto con un volumen menor de melones, para el mercado local.
“Toda la irrigación la hacemos con el sistema de goteo, ya que el aprovechamiento de agua es muy importante por las limitaciones de recursos de agua que tenemos. Con el sistema de riego por surco hay 40 por ciento de aprovechamiento de agua”, subrayó a IPS su presidente, Suemi Koshiyama.
Explicó que “otro sistema de irrigación que es el de aspersión, aprovecha 60 por ciento de agua. En cambio el sistema de goteo, aprovecha el 85 por ciento”.
“La región que menos tiene agua es la que más utiliza agua. Para producir se gastan miles de litros, por eso cuando se exporta exportan además agua y minerales del suelo, especialmente la caña de azúcar”, dijo Moacir dos Santos.
Este experto del IRPAA planteó a IPS que “en una región con poca agua y suelo fértil, tenemos que cuestionar la validez que eso tiene para la región. El agua escasa debería usarse para producir alimento, sostenibilidad”.
Según ASA, un millón y medio de familias agricultoras tiene solo 4,2 por ciento de las tierras cultivables del Semiárido, mientras que 1,3 por ciento de las fincas agroindustriales de más de 1.000 hectáreas, ocupa 38 por ciento.
“La agricultura familiar produce los alimentos. El agronegocio produce ‘commodities (materias primas transables)’. Y aunque tiene un fuerte impacto en la balanza comercial, a nivel local, la agricultura familiar es quien de hecho abastece la economía”,  dijo Dos Santos.

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